Y volviendo al 2 x 1…

¿Por qué nos enganchamos con las personas incorrectas? Ya sé, ya sé la respuesta, pero ¿alguien tiene una fórmula mágica para deshacer el hechizo?

Por lo que he podido ver es un mal que afecta más a las mujeres que a los hombres.

Hace unos días hablaba con una amiga. Desde (anoten…) diciembre se dio cuenta que este tipo con el que andaba no era lo que quería… pero no lo dejó. Pasó el tiempo, estaba desilusionada, pero era cómodo tenerlo al lado. Hasta que… sí, él decidió que ya no. Ella me decía “¡¡¡¡pero si yo lo sabía!!!!!” Sí, pero ¿por qué nos conformamos con algo que no es bueno para nosotros?

Ya sé que hablarán de la autoestima, el ego, la soledad, etc., etc., pero esa no es una fórmula que funcione. Hay que ser prácticos. A + B = C es lo que necesitamos.

Otra amiga salió con un niño que no tenía nada que ver con ella, ni física, ni emocional ni intelectualmente. Ella lo sabía, pero la soledad era más cañona. Al final, sí, señores, él terminó siendo un patán, tratándola “rebonito” y diciéndole que ella tenía una gran necesidad de ser amada (gran noticia… además, él solito se echó tierra, chiquito). Este mini patán después de su “crisis” se acercó a ella… ¿pueden creerlo? Por supuesto que mi amiga ya volvió en sí (a Dios gracias) y hasta dice que no se imagina ahorita andando con él… un caso perdido.

Pero más que descubrir lo que nos arrastra a involucrarnos con gente no adecuada, a correr y acelerar las cosas “nomás porque nos sentimos solos o queremos apapacho”, lo que haría falta es conocer el remedio; esa fórmula que nos permita estar bien, abrir los ojos y decidir (con la cabeza, no con el corazón, las hormonas o la soledad) a alguien apropiado para cada uno.

Al final, diría otra amiga, las chanclas vienen en pares… pero algunas son zapatos de tacón y las otras, tenis con hoyos en las suelas. He ahí la diferencia…

Página en blanco

Ayer dejé el que fuera mi hogar por año y medio. Cuando revisé que no se quedara nada y vi las paredes blancas, las recámaras vacías, sentí algo… como un nudo en la garganta. Agradecí los momentos vividos y que hubiera sido eso, un HOGAR para mí.

El camino fue largo, más largo que de costumbre. Una Montero llena y un poco de prisa para llegar antes que la mudanza.

Cosas, más cosas que bajar. Reyna apoyándome al 100 por ciento; Vicco acomodando las cosas en los rincones más altos.

Periódico, sacudir. Basura. Ropa, ganchos, fotografías.

Poco a poco ese lugar en blanco se va llenando de forma y color; aunque aún sigo sin sentirlo como “La Laticueva”. Me hace falta cocinar ahí. Necesita llenarse de olores y de risas. Que se llene de un espíritu de buena vibra, de velas y buenos ratos. Almohadas en el piso, incienso, tal vez una botellita de Beronia (o algo así)…

Ya quiero pasar un fin de semana aquí… darle forma. También quiero conocer a los vecinos y a los policías de enfrente que fueron a presentarse con Reyna, creyendo que era la que se mudaba.

Tomar fotos nuevas con mi cámara y con la mente… Sí… eso estaría muy bien.

Exes /amigos que… se convierten en ¿amantes?

Pues que le llamo el sábado por la noche. ¿Dónde andas?, me pregunta. Y yo que le digo, “En Morelia” y que me contesta, “qué novedad”… Ah… es que no sabes… Y que le echo la noticia. Me mudé a la Ciudad de México.

Un grillito sonó. “Y bueno, quería verte, contarte y devolverte tus películas.”

Esas personas que están ahí y sabes que de alguna manera estarán. Ayer hablaba de él con una amiga. Sé que me quiere y yo lo quiero. Mucho. A él no le puedo hacer ningún tipo de ojetada y sé que él tampoco a mí (aunque nos las hicimos en el pasado). A veces me gustaría ser más frívola, que me valiera gorro y decirle “Ven esta noche a mi casa”. Y sé que no correría… sino lo que le sigue (nótese el nuevo argot chilango).  

En las noches de luna llena en las que una se siente re-sola, dan ganas de tomar el teléfono y hacer “la llamada”.

Pero me pregunto, ¿qué tan válido es? Tengo más de un amig@ que tienen a sus amantes casuales, que muchas veces son grandes amigos… pero me pregunto qué pasa cuando la cachondez termina, cuando quieres a tu amigo de regreso; le quieres contar lo que te sucede y hasta que te gusta tal o cual… ¿qué hacer entonces?

Creo que la respuesta es… tener un patito de plástico. ¿No creen?

Entre dos tierras

Ya no sé ni dónde ando. Fue definitivamente extraño volver  a la Laticueva original después de dos semanas. Ni es tanto,  pero tuve una sensación de “ya no tan propio”. Es más, la primera noche me costó trabajo dormir. ¡Qué ridículo! 

Lo más raro es que en Laticueva chilanga no me costó trabajo. El fin pasado cuando roommie marchó a su tierra, pensé que me iba a ser difícil pegar el ojo, ya saben, “ruidos extraños”, “casota para mí sola”, “no muebles que hacen que todo se sienta más… grande”. Pero no, me fue fácil y cómodo. 

Ahora, en Morelia, fue de otra forma. Laticueva es un desastre, parece zona de conflicto bélico. Y claro que no terminé de empacar. Subí, bajé, ¡hasta me emborraché con vino tinto! ¿La empacada? No pude acabarla. Snif. 

Entre saltos y tropezones, quité fotografías, bajé cuadros, despegué postales. Poco a poco se va deshaciendo de mí y no me sentí tan mal como lo hubiera pensado. 

Mientras, la Laticueva chilanga recibió a mis tres hijas, mis plantas. Me encontré con la sorpresa de que mi trébol de cuatro hojas despertó. ¡Casi grito de la emoción! Tenía varios meses dormida y, claro, la condenada tuvo que florecer justo cuando yo estaba lejos. Bien me dijo mi amigo Tufick que mis plantas me extrañaban. 

Hablé con vecina y puso cara de tristeza cuando se enteró que ya me iba, ella juraba que estaba de vacaciones. “Tan a gusto que estábamos contigo”. Claro, pienso yo, una monja zen como yo (workaholica, besides) es difícil de encontrar.  

Lo mejor del caso es que cuando me voy de Morelia (lo he hecho ya en varias ocasiones), me siento más cercana a mi familia y eso es muy agradable. Ahora sí vi a pocos amigos; ahora sí casi ni avisé. Quería empacar, empacar y estar sola en mi laticueva, viendo alguna película romántica antes de dormir.  

Sólo sé que este hogar chilango va tomando un poquito más de mí y eso me gusta.  

Un foco aquí, una flor allá, el trapito, los mantelitos regalados, el mandil robado… Estoy ilusionada. Me gusta mi nuevo lugar.

Batman, Hancock y otras chuladas.

Dos súper héroes que me han acompañado estos días. Uno en pantalla grande, otro en gigante. Ah, esto de ver las pelis en IMAX te da una sensación extraña… ¡¡¡me tragaaaa!!!

Algo peculiar me sucedió con estas dos cintas. Había escuchado tan malas críticas sobre Hancock, que al momento de verla me dejó un buen sabor de boca: peli palomera divertida. En cuanto al Caballero de la Noche… bueno, pues había escuchado taaaaaaanto y tan bueno, que cuando la vi… Ah, si quieren saber lo que pienso de esta peli, escuchen hoy, miércoles, “Noches de cine”, a las 21:00 horas, por www.smrtv.michoacan.gob.mx

Como podrán adivinar, si tengo tiempo de ir al cine es que ya mi vida se está normalizando un poco, al menos. Sigo sin tener mis cosas acá, lo cual me desespera mucho, pero también estoy tratando de generar paciencia zen… serenidad… y armonía.

Ahora lo que quiero es comenzar a transformar el nuevo hogar, poco a poco; y comenzar a tener una vida aquí. Ah, porque ya pasé mi primer fin de semana en la ciudad. Pensé que no sería tan pronto.

¿Qué sucedió? Fue muy agitado. Vi amigos, amigas, plomero, cine, gente (mucha gente), una bebé que está a punto de llegar al mundo (¡dos semanas más!), chismorrín, un poco de sueño, un poco de chamba, mariscos de al lado de mi casa (literal)…

No estuvo nada mal. La Reyna, Kary y Vicco visitaron la nueva Laticueva, que ya hasta letrero en la entrada tiene.

No tengo mucho qué decir, no ando en rollo filosófico… quiero cafeína porque anoche dormí tarde (Batman dura mucho…). Ah, conocí a alguien interesante…

No he muerto, sólo ando medio muerta…

¿Por qué Ciudad de México?

¿Por qué no? Sería mi respuesta. En mi entrada anterior toco algunos puntos por los que me gusta estar aquí. Hay otros que, por supuesto, no me gustan. Pero es demasiado pronto para tocarlos, además, como se podrá notar no he tenido la oportunidad de escribir a mis anchas. Espero que esto se resuelva cuando la chilaticueva tenga internet y esté un poco más organizada.

 

Es extraño cómo ha sido un cambio smooth, nada de brincos, nada de gritos; es más, con la rutina incluida desde el principio todo se facilita. ¿Pueden creer que nunca he visto el nuevo hogar a medio día? No conozco bien la zona ni a los vecinos. Me levanto y me voy a trabajar. Al llegar, ya tarde, trabajo un poco y a la camita.

 

Claro, llevo desde el lunes ahí.

El departamento es grande… y se escucha todo. Ja. Se siente vacío y extraño mis cosas. Extraño que no suene hueca mi recámara. Extraño mis cosas en la cocina y hasta el sol de las mañanas los fines de semana. Extraño mi cama. Me gustaba llegar a la laticueva, era una sensación de hogar. Todavía existe, todavía no la dejo.

 

Pero creo que ya me estoy adaptando, me muevo en el metro como la más experta y hasta ya le estoy echando ojito a los que pasan junto a mí por las mañanas.

 

Ya no me siento triste. Ah, porque tuve dos días chipil. Pero habrá que pasar una prueba de fuego: un fin de semana acá. Al parecer… falta todavía para eso.

Ladrón de tiempo

No sé si exista alguien –o algo- que robe el tiempo, pero seguro que ese caco ha pasado por mi vida. El tiempo se me va, desaparece. Un momento estoy arreglándome para ir a trabajar y en el otro estoy desarreglándome para irme a dormir. 

Ese ladrón también se lleva días, semanas enteras, parecería que se desvanecen de la memoria, de la vida misma, que desaparecen por completo. Puaf, nada, adiós. Cero.  

Si no fuera por las imágenes diarias juraría que me quedé en el día 20 de junio. Después, no sé qué sucedió. ¿Dónde quedé? ¿A dónde se fue todo? 

Subo, bajo, entro, salgo. Escribo, pero ya no lo mismo de antes; ya no como antes. No sé si la inspiración seguirá por ahí, pero no puedo escribir de nada de lo que pienso o siento porque últimamente no pienso ni siento, sólo existo. Existo para arreglar un poco de la vida y al final sentarme en la azotea y contemplar esos grandes árboles, ese kiosco de pueblo que me saludarán cada mañana al menos por un año más. 

Entonces me doy cuenta de que tal vez el roba-tiempo no me robó nada y que en realidad sólo han pasado 8 días, OCHO, pero se han sentido una eternidad. 

Todos me dicen que esto es una jungla y a pesar de vestirme como si fuera enero 8 en lugar de julio 8, me gusta esta jungla. Con su lluvia. Con su gente. Con sus esquites. Con lo que me he perdido por carecer de tiempo que me ha sido arrebatado. Con su casa de arte y su Mariposa y Escafandra. Con su metro Polanco, su Horacio, su Homero (el de los Simpson, claro), su Lamartine. Con Cecy y sus brazos abiertos –con elevador descompuesto, hormigas y don portero incluidos-. Y Adolfo. Y Reyna y sus porras. Y Elo que siempre está ahí. Con el billar y los hondureños. La Condesa y la Roma. Con Atz, Guevo y Valentina que patea el vientre de su madre. Con todos los que están llegando de fuera. Con Dan, quien me sigue confiado por las calles y don gruñón que quiere que sea su vecina. Con las cenas caras y las 22 llamadas perdidas. Y Albania cada día. Y México Desconocido. Con la Patana que me incita a salarme mi trabajo. Con Don Rul, del que me estoy volviendo reclutadora oficial. Hasta con Plaza Loreto porque no me sé ninguna otra tan bien.  

Sí, se están robando mi tiempo, mis días, mis horas. Y así pasan mi tiempo, mis días, mis horas. Hasta que deje de sentirlo así y comience a sentirlo como mío. Como la rutina. Como el hogar.

EL FRÍO, EL TRÁFICO Y EL SENTIMIENTO DE VACACIONES

A pesar de que todo sonaría a que estoy viviendo en otro sitio no lo siento así. La sensación no es desconocida, ya me ha pasado. No sé cómo explicarlo, pero es como cuando te cambias de casa y sientes que en cualquier momento regresas a la antigua y todo continuará “normal”. Así, así… 

Parecería que se terminará el periodo vacacional y regresaré a mi rutina, a mi laticueva, a los amigos de Plaza Sésamo… Hoy íbamos bajando de Santa Fe, con mucho frío y yo, sólo con ropa primaveral. Había un tráfico inmundo. Están construyendo un puente cerca de Tacubaya. Entonces pensaba si todas mis tardes serían así: bajar con algún compañero y… ¿después? Ahora mismo estoy buscando casa, así que ando de un lado a otro, regreso al cecyhogar y sigo sintiéndome como de vacaciones. En pijamada con tu amiga; pero que tomarás tus maletas en algún punto y te irás a casa. 

Cada día tiene una foto, pero no traje el cable para bajarlas a la máquina. Pero cada día trato de que tenga una foto… que me recuerde; que me permita recordar este periodo que ya he vivido y que sé… sé que también pasará.

Time is over…

Y así se comenzó a dar. Solito. Sin buscarlo. Sin forzarlo. Pero se vino de golpe y siento que hay momentos en que no lo puedo controlar.

 

No me queda más que seguir confiando en que todo se dará solito.

 

Cada día he tomado una foto, pero estas, por obvias razones, son especiales. Son mis “últimas fotos de…”

 

Dejar un lugar siempre causa un poco de angustia. De añoranza (incluyendo la previa). De hueco. Y se supone que todo comienzo también da algo de emoción. Mucha emoción.

 

Nada más que yo quiero saber dónde meteré todas mis cosas. Confío en encontrar un lugar adecuado. Pronto. Bueno. Bonito. Barato. O bueno, de buen precio.

 

Estoy muy cansada, sobre todo emocionalmente. Muchos abrazos, muchos buenos deseos. Curiosamente todo mundo me dice: “tengo un buen presentimiento”.

 

“Despedidas”. Quiero estar más tiempo en la Laticueva… pero las manecillas del reloj no se detienen. Un reloj verde. Con Blanco. Con un perro con lentes rosas. Ese reloj me dicen: time is over. Pero pienso… “Is it?”

 

¿Habré empacado todo lo necesario?

 

Luis, ¡por Dios! ¡Contéstame el teléfono!, ¿qué haré con las latas de cerveza que ya no tienen donde refrigerarse? ¿Y mis fotos? ¡¿Dónde guardaré tantas fotos?! ¿Y mis pelis? ¿Y mis libros? Ah, Dios, que alguien me ilumine y me diga dónde puedo encontrar un sitio así, como mi Laticueva, pero en esa ciudad a la que pronto llamaré hogar. Ciudad de México.

Situaciones hipotéticas de noches de insomnio: pensar

Otra noche más en que no puedo pegar el ojo. Mi cabeza le da vueltas y vueltas a una y mil cosas. No es raro, es muy común. El loquero, las estrellas, las líneas de mi mano, las runas y hasta el Tarot me dicen que yo lo que quiero es que alguien me diga qué hacer, hacia dónde ir, con quién, cómo, cuándo, dónde, por qué; y todos esos mismos oráculos –y no- me indican que es “up to me”, o sea yo decido. Diantres. Deja de pensar y ponte a actuar.

¿Por qué habremos seres que pensamos y pensamos y de repente nos complicamos demasiado la vida? No nos dejamos fluir, queremos entenderlo todo, un camino a seguir, una guía… ¿un látigo que nos obligue a seguir jalando la carreta? No lo sé.

Pienso en lo que me dijo mi malote amigo, hijo de saudinena, la otra noche; cuando analizábamos las posibilidades de un cambio de vida. Me decía, A=x, B=y, C= u. Si A+B= 2 entonces piensa si 2 es más conveniente que 1. Chale, y a mí que ya se me había olvidado cómo sumar. Tuve que sacar mi ábaco y tomar dedos prestados.

Es bueno tener cerca a este tipo de mentes lógicas y matemáticas, porque lo que es la pura cabeza caliente –de tanto pensar- y las vísceras nomás no ayudan; nomás confunden; nomás quitan el sueño.

Así que, si usted estuviera en un predicamento, ¿cómo tomaría la decisión?

A) Haría una lista de pros y contras.

B) Me guiaría por mi intuición

C) Haría la fórmula matemática/lógica de probabilidades

D) Le haría caso al volado (águila o sol)

E) Pim pom papas…

F) Meditaría por qué quiero cambiar y mejor me quedo donde estoy

G) De plano me reclutaba en el asilo para débiles mentales

H) Ninguna de las anteriores